
La tierra continua girando y los montes han madurado en otoño.

Nosotros seguimos sin perder el pulso de las estaciones y sentimos como por encantamiento. Los animales se agrupan y aparece el instinto venatorio del hombre. Volvemos a pisar o a rodar esos caminos, ahora cubiertos de hojas y encontramos un lirón preparando su cama en una casa abandonada.
Y la montaña sigue ahí, dándonos la última oportunidad de alcanzar su cima antes de cubrirse con su manto blanco.
